
Por si alguien todavía lo dudaba, esto se ha convertido en mi espacio de publicidad personal.
Ya está el avance del volúmen 4 (febrero-marzo) de Historeo.
(Bueno, el avance lleva ya alguna que otra semana, pero ahora está mi artículo, jaja)



, y cuando vio a su esposa en la cámara nupcial no pasó de besuquearla y lanzar alaridos. La situación se prolongó durante meses, teniendo que intervenir el propio rey para explicar a su hijo los misterios de la vida. Maria Antonia de Borbón murió muy joven y sin descendencia, y se concertó para Fernando un nuevo matrimonio con Maria Isabel de Braganza, hija del futuro rey de Juan IV de Portugal. Aquella boda despertó poco entusiasmo popular: la novia no era guapa y su dote resultaba escasa. Tanto es así que alguien colocó en lugar público un letrero que decía: "Fea, pobre y portuguesa. ¡Chupate esa!". La joven vivió sólo dos años tras dar a luz a una hija muerta.
aquello era pecado. tuvo que intervenir el Papa para que la austriaca accediese a hacer vida marital con su desesperado esposo. Maria Josefina murió sin haber tenido hijos. De su siguiente esposa, Maria Cristina de Borbón, se encaprichó el Rey tras haber visto un retrato suyo, y, durante un breve noviazgo, Fernando llegó a escribir a su prometida ardientes cartas de amor cuajadas de horrendas faltas de ortografía. Fue María Cristina quien, convertida en reina, convenció a su esposo de que dictase la Pragmática Sanción para anular la Ley Sálica, que impedía a las mujeres heredar el trono. Y lo hizo muy oportunamente porque, cuando Fernando murió sólo había podido alumbrar a dos niñas, la mayor de las cuales, Isabel, se ciñó la corona de España.
Lo más grave de todo es el desastre cultural que estas Navidades pervertidas están causando en América Latina. Antes, cuando sólo teníamos costumbres heredadas de España, los pesebres domésticos eran prodigios de imaginación familiar. El niño Dios era más grande que el buey, las casitas encaramadas en las colinas eran más grandes que la virgen, y nadie se fijaba en anacronismos: el paisaje de Belén era completado con un tren de cuerda, con un pato de peluche más grande que un león que nadaba en un espejo de la sala, o con un agente de tránsito que dirigía un rebaño de corderos en una esquina de Jerusalén. Encima de todo se ponía una estrella de papel dorado con una bombilla en el centro, y un rayo de seda amarilla que habría de indicar a los Reyes Magos el camino de la salvación. El resultado era más bien feo, pero se parecía a nosotros, y desde luego era mejor que tantos cuadros primitivos mal copiados del aduanero de Rousseau.
La mistificación empezó con la costumbre de que los juguetes no los trajeran los Reyes Magos –como sucede en España con toda razón-, sino el niño Dios. Los niños nos acostábamos más temprano para que los regalos llegaran pronto, y éramos felices oyendo las mentiras poéticas de los adultos. Sin embargo, yo no tenía más de cinco años cuando alguien en mi casa decidió que ya era tiempo de revelarme la verdad. Fue una desilusión no sólo porque yo creía de veras que era el niño Dios quien traía los juguetes, sino también porque hubiera querido seguir creyéndolo. Además, por pura lógica de adulto, pensé entonces que también los otros misterios católicos eran inventados por los padres para entretener a los niños, y me quedé en el limbo. Aquel día –como decían los maestros jesuitas en la escuela primaria– perdí la inocencia, pues descubrí que tampoco a los niños los traían las cigüeñas de París, que es algo que todavía me gustaría seguir creyendo para pensar más en el amor y menos en la píldora.
Todo aquello cambió en los últimos treinta años, mediante una operación comercial de proporciones mundiales que es al mismo tiempo una devastadora agresión cultural. El niño Dios fue destronado por el Santa Claus de los gringos y los ingleses, que es el mismo Papá Noel de los franceses, y a quienes todos conocemos demasiado. Nos llegó con todo: el trineo tirado por un alce y el abeto cargado de juguetes bajo una fantástica tempestad de nieve. En realidad, este usurpador con nariz de cervecero no es otro que el buen san Nicolás, un santo al que yo quiero mucho porque es el de mi abuelo el coronel, pero que no tiene nada que ver con la Navidad, y mucho menos con la Nochebuena tropical de la América Latina. Según la leyenda nórdica, san Nicolás reconstruyó y revivió a varios escolares que un oso había descuartizado en la nieve, y por eso le proclamaron el patrón de los niños.
Pero su fiesta se celebra el 6 de diciembre y no el 25. La leyenda se volvió institucional en las provincias germánicas del Norte a fines del siglo XVIII, junto con el árbol de los juguetes, y hace poco más de cien años pasó a Gran Bretaña y Francia. Luego pasó a Estados Unidos, y éstos nos la mandaron para América Latina, con toda una cultura de contrabando: la nieve artificial, las candilejas de colores, el pavo relleno, y estos quince días de consumismo frenético al que muy pocos nos atrevemos a escapar. Con todo, tal vez lo más siniestro de estas Navidades de consumo sea la estética miserable que trajeron consigo: esas tarjetas postales indigentes, esas ristras de foquitos de colores, esas campanitas de vidrio, esas coronas de muérdago colgadas en el umbral, esas canciones de retrasados mentales que son los villancicos traducidos del inglés; y tantas otras estupideces gloriosas para las cuales ni siquiera valía la pena de haber inventado la electricidad.
Todo eso, en torno a la fiesta más espantosa del año. Una noche infernal en que los niños no pueden dormir con la casa llena de borrachos que se equivocan de puerta buscando dónde desaguar, o persiguiendo a la esposa de otro que acaso tuvo la buena suerte de quedarse dormido en la sala. Mentira: no es una noche de paz y de amor, sino todo lo contrario. Es la ocasión solemne de la gente que no se quiere. La oportunidad providencial de salir por fin de los compromisos aplazados por indeseables: la invitación al pobre ciego que nadie invita, a la prima Isabel que se quedó viuda hace quince años, a la abuela paralítica que nadie se atreve a mostrar. Es la alegría por decreto, el cariño por lástima, el momento de regalar porque nos regalan, o para que nos regalen, y de llorar en público sin dar explicaciones. Es la hora feliz de que los invitados se beban todo lo que sobró de la Navidad anterior: la crema de menta, el licor de chocolate, el vino de plátano. No es raro, como sucede a menudo, que la fiesta termine a tiros. Ni es raro tampoco que los niños –viendo tantas cosas atroces- terminen por creer de veras que el niño Jesús no nació en Belén, sino en Estados Unidos.
El modo de producción capitalista tiene como objetivo aumentar permanentemente la productividad para generar beneficios al capital. Necesita producir y transportar lo producido porque su lógica se basa en el intercambio de mercancías y para ello requiere de la investigación y el desarrollo de la tecnología y, en concreto, de las fuentes de energía. Como el aumento de la productividad no puede estancarse, el nivel de consumo de energía tampoco debe hacerlo pese a sus terribles consecuencias.
El petróleo es finito y está próximo al agotamiento pese a que su demanda crece. Esto motivó la investigación de nuevas formas de energía denominadas “sostenibles” (energía extraída del sol, del mar, del viento, el hidrógeno) sin embargo, está comprobado que éstas no tienen capacidad para mantener el nivel de consumo actual. Por eso el capitalismo se reinventa planteando nuevas soluciones “sostenibles” desde dentro de su lógica de producción y consumo y propone el uso de agrocombustibles, incapaz de reconocer que el verdadero problema es precisamente el uso irracional de energía.
¿Qué son los agrocombustibles?
Son combustibles líquidos que se extraen a partir de la producción de materias primas vegetales. La producción de estas materias primas requiere de: a) monocultivos a gran escala, en tierras robadas a los bosques y a los campesinos de los países empobrecidos para su sustento; b) semillas transgénicas, alto empleo de agua, fertilizantes y plaguicidas químicos; c) condiciones de trabajo brutales en las plantaciones de caña de azúcar; d) su procesado en plantas industriales emplazadas principalmente en los puertos europeos o norteamericanos. Existen dos tipos de agrocombustibles: 1) etanol, que es un alcohol producido a partir de caña de azúcar, maíz, trigo, arroz o remolacha, entre otros productos agrícolas y alimenticios y 2) agrodiesel, es la producción de aceite extraída de la soja, la colza o la palma africana. Es falso que puedan producirse en pequeña escala y para el mercado local porque, en términos económicos, es necesaria la gran producción y la distribución mundial de las materias primas para hacer eficiente la producción del combustible.
Repercusiones del uso de agrocombustibles.
Frente a la defensa del uso de alimentos como combustibles que plantean las instituciones subvencionadas por el Banco Mundial y el Fondo Monetario internacional para resolver el problema energético, existen una serie de consecuencias negativas que afectan tanto a las personas como al medio ambiente.
La producción de agrocombustibles está suplantando millones de hectáreas destinadas a la agricultura afectando a las comunidades rurales que trabajan en ellas. Este hecho provoca a su vez el desplazamiento de miles de campesinos y sus familias.
Amenaza el derecho a la Soberanía Alimentaria de los pueblos destruyendo cultivos destinados al sustento de la población: un tanque de automóvil lleno de etanol, utiliza la misma cantidad de granos que se necesita para alimentar a una persona durante un año.
Los productos básicos que se usan para la alimentación, al pasar a formar parte de los utilizados para la producción de agrocombustibles aumentan su precio. Conviene advertir que según la FAO, dentro de 15 años, los agrocombustibles serán el 25% del total de la demanda energética mundial con lo que se prevé que el encarecimiento también se disparará.
Los monocultivos y los cultivos genéticamente modificados son causantes de la desaparición de fauna y flora autóctonas. Además, utilizan pesticidas y fertilizantes de manera intensiva provocando daños en el suelo y el agua.
Se necesita mucha más cantidad de materia prima para producir el mismo nivel de energía, llegando a destruir bosques y selvas como es el caso de Malasia e Indonesia. Estos países han disminuido en un 20% su superficie selvática en los últimos 20 años. En la selva amazónica, se están extendiendo los monocultivos de soja, eucalipto y caña entre otros, provocando el desplazamiento de la frontera agrícola y graves cambios climáticos en la zona.
La producción, el procesamiento y el transporte de agrocombustibles (y las tecnologías utilizadas en el proceso) gastan más energía que la que contiene el combustible mismo. Considerando todo el proceso de producción necesario para obtener agrodiesel a partir de la palma, éste emite más CO2 que el petróleo. El etanol extraído de la caña, produce 1,5 veces más gases que el petróleo.
A quién beneficia el uso de agrocombustibles
El negocio de los agrocombustibles está bajo el control de las multinacionales petroleras, las transnacionales de la biotecnología y las multinacionales del automóvil, que se adaptan progresivamente a los nuevos combustibles.
El Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial obligan a los países pobres a abrirse a las inversiones extranjeras si quieren recibir subvenciones y fondos para el desarrollo.
Los avances tecnológicos permiten que las transnacionales forestales y plantas de celulosa puedan convertirse en plantas de procesamiento de etanol y que las industrias alimenticias de engorde de pollo y ganado fabriquen agrodiesel de la grasa animal. Por otro lado, las transnacionales que controlan el monopolio de la distribución de cereales y el sector de semillas y agrotóxicos, a la vez son productoras de transgénicos. El interés de las transnacionales de los transgénicos es controlar las semillas que se emplean en los monocultivos. Monsanto controla el 90% de las semillas transgénicas que se plantan en el mundo.
Frente al uso de agrocombustibles. Líneas de actuación.
La FAO no demuestra la menor intención de resolver el problema de fondo: el capitalismo salvaje que pone en peligro el derecho a la alimentación de los pueblos.
Es necesario articular los planos social, económico y medio ambiental:
- Cambiar radicalmente nuestro modelo de consumo de energía.
- Control público del sector energético.
- Desmitificar la actual propaganda sobre los agrocombustibles y romper con la idea de que son fuentes de energía limpias y sostenibles aclarando el costo en vidas humanas y especies naturales que conllevan.
- Defender la soberanía alimentaria manteniendo la alerta permanente porque ahora son los agrocombustibles pero, en su capacidad para mantenerse vivo, el capitalismo pondrá sus garras sobre cualquier otro recurso natural.